| Hace cincuenta años...
Hace cincuenta años la denominada "música clásica" planteaba un panorama del todo diferente del que se observa en la actualidad. En primer lugar, los compositores y las obras eran mucho menos numerosas que hoy en día, ya que la decisión de a quiénes se interpretaba y de qué obras se grababan recaía en unos pocos directores, a cargo de un número limitado de orquestas prestigiosas. Por otro lado, prácticamente no existían lecturas que trataran de respetar los usos y costumbres de las orquestas de una cierta época, los instrumentos originales empleados en la ejecución y, en muchas oportunidades, lo que efectivamente estaba escrito en las partituras. Además, los conciertos tenían lugar en un número de ámbitos mucho más acotado que en la actualidad, sin mencionar que los medios de reproducción mecánica y los discos tenían limitaciones que hoy ya no existen.
Todas estas características hacían que el acceso a la música clásica fuera mucho más restringido que en nuestros días.
Si esta era la situación para el público potencial de la música clásica, para los más chicos la posibilidad del encuentro era todavía más lejana. Por entonces, los programas escolares no contemplaban un acercamiento al género. Era difícil encontrar una maestra de música que fuera más allá del "Himno Nacional", la "Marcha de San Lorenzo" y el "Huachi torito". En otras palabras, salvo en el caso de quienes efectivamente aspiraran a estudiar música profesionalmente, la formación musical dependía casi exclusivamente de la tradición familiar o del azar.
En Buenos Aires, por ejemplo, los más jóvenes podían recurrir a las actividades pioneras de Guillermo Graetzer y Erwin Leuchter –fundadores del Collegium Musicum de Buenos Aires en 1946–, o introducirse en la música clásica a partir de los discos, con las consabidas audiciones de Pedro y el lobo, de Serguéi Prokófiev; con el cuento musical Piccolo, Saxo & Compañía de Jean Broussolle y André Popp (que en la versión local narraba Juan Carlos Thorry), y con la Sinfonía de los juguetes de Leopold Mozart (el padre de Wolfang Amadeus!!).
Desde entonces los años pasaron y el mundo cambió. El acceso a este tipo de música dejó de ser tan restringido: la circulación de discos y la proliferación de eventos culturales acortó la distancia que separaba la música clásica del gran público. En este contexto de apertura, se comenzaron a realizar algunas experiencias en el campo de la educación que revelan una mayor sensibilidad frente al fenómeno artístico y en particular al musical. En este marco debemos mencionar el proyecto de las “Orquestas Infantiles y Juveniles”, un proyecto que, desde 1998, el Ministerio de Educación del Gobierno de Buenos Aires creó en el seno del Programa Zonas de Acción Prioritaria (ZAP).
Hoy resulta un motivo de alegría...
Hoy resulta un motivo de alegría festejar la décima edición de un ciclo que combina la mejor música –ya sea clásica o popular-, la educación y el entretenimiento. Porque así nació Allegretto: un ciclo de conciertos gratuitos, concebidos especialmente para los alumnos de escuelas primarias y secundarias. Y así lo disfrutan los músicos cada vez que tocan frente al auditorio descontracturado y alegre de las escuelas. Y sobre todo, así lo viven los chicos. Para muchos Allegretto significa un primer acercamiento a la música, algo así como el descubrir el hielo de aquel personaje de García Márquez.
¿Y por qué no imaginar que el joven de veinte años que hoy se anima con algo de Mozart es el mismo que hace diez años se conmovía con los sonidos del violonchelo de Mario Brunello? ¿O que la adolescente que en sus ratos libres toca la batería, se maravilló, a los ocho años, con el universo de la percusión la primera vez que escuchó una orquesta? No tenemos que fantasear tanto... Basta con pensar que, año a año, el ciclo contribuye a acortar la brecha entre la música clásica y los públicos más jóvenes. De haberlo logrado, Allegretto habrá cumplido uno de sus objetivos: la creación de un nuevo público capaz de asociar la diversión con la reflexión y el aprendizaje, a través de una experiencia musical.
Agradecemos a todas las instituciones que han hecho posible la décima edición de la Temporada Allegretto, con quienes compartimos la alegría del éxito sostenido de esta experiencia inédita. Quizás sea demasiado aventurado pensar que estos encuentros hayan influido en la vida de los chicos. Pero si pensamos que toda la aventura del ciclo –la entrada al teatro, el acomodarse en los asientos, el intento de silencio, las risas nerviosas, el asombro frente al virtuosismo de un pianista o el sonido gigantesco de una orquesta- logra acercar a los chicos al universo musical, estaremos más que satisfechos. Cumplir con este objetivo ya contribuye con hacer que el mundo sea un lugar mejor.
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