Julio Palacio
Debut catastrófico
Cuando tenía ocho años, mi madre me llevó al primer concierto de música clásica que fui en mi vida. No fue una decisión feliz: se trataba de un recital de la llamada “canción de cámara culta (sic)”. Estaba sentado en primera fila y veía a un individuo que cantaba en una lengua incomprensible, con una voz feísima y que hacía grotescas pantomimas. Yo estaba aterrorizado. Después de un tiempo, me acostumbré pero comencé a sentir vergüenza ajena. Décadas más tarde, me dí cuenta de que algunas parodias de “Les Luthiers” tenían éxito porque tomaban en broma tanto a estos rituales como a la solemnidad y el augusto silencio con que se los acompañaba. Recuerdo que había muchas señoras con abrigos de piel y aspecto de profunda concentración y/o consternación. Entonces no sabía que esa concentración tenía mucho más que ver con cuál tipo de torta elegirían para, después del concierto, instalarse en una célebre confitería. donde, por supuesto, hablarían de la “maravilla” que habían escuchado, que la finura del cantante, que la belleza del contenido poético de los versos etc. Todo esto dicho, entre gigantescos bocados con los cuales se acometían los diversos manjares.
Todavía hoy, casi medio siglo más tarde, me pregunto si sirve iniciar a un niño en la música clásica de esta manera. Es más, me parece increíble haber terminado por dedicarme a ella después de este infausto debut.
Una parte del fracaso es verdad, derivaba del hecho de que yo no entendía lo que cantaba el afamado barítono francés. Pero, aún así, ¿estaba (está hoy) ese niño en condiciones de entender poesías de textos pretendidamente profundos?
Sin embargo, lo que más absurdo me parecía es que el hombre efectuaba gestos de alegría, dolor, tristeza, de una manera que me parecía absolutamente ridícula. Cada tanto se tomaba ambos manos o se llevaba una al corazón. Realmente empecé a pensar que el cantante se estaba por morir y que nadie hacía nada por ayudarlo. Y que esta posibilidad se reforzaba porque su canto parecía consecuencia de un agudo ataque de gastritis. Me costó mucho liberarme de esta imagen y todavía hoy ella revive cada vez que voy a un recital de la “canción de cámara culta (sic)”.
Hasta que caí sobre una verdad: ni el poeta, ni el compositor, ni la música, tenían la culpa de este desaguisado. Para entonces, estaba en el secundario y teníamos como docente de música a una aburrida señora que nos enseñaba cosas perfectamente inútiles como dibujar una clave de sol, saber a cuantas semifusas equivale una redonda con triple puntillo o la biografía de Carlos López Buchardo. Dado que en aquella época, nos eximíamos con un cuatro, nadie consideraba que debía esforzarse demasiado. Pareciera que detrás de las nobles intenciones declamadas, se hacía lo posible para alejar y no para aproximar al niño a la música que, por supuesto, debía ser “clásica” para que el candidato se convirtiera en una “persona culta”. Visto lo cual, es casi un milagro que la Argentina haya dado tal cantidad de buenos pianistas y cantantes.En mi casa se escuchaba música clásica. Por obligación. Cuando llegaba Semana Santa, todas las emisoras debían programar ese repertorio. Esa fue la primera asociación entre ese repertorio y el dolor (no importaba el grado de creencia o de fe sino que se le imponía arbitrariamente a un hecho luctuoso un tipo de música considerada “profunda” y “seria”). Cuando murió Evita el gobierno decidió un mes de duelo. Durante ese período, todas las emisoras (la TV no existía) difundieron música clásica hasta el hartazgo: mi dificultad de gozar hoy la “Inconclusa”de Schubert proviene de esa época. Después vino la tele. En casa, se veía el noticioso del canal 7. Cada vez que se producía una catástrofe (por ejemplo: pavoroso incendio en una fábrica de Boulogne)... ¡ más música clásica !No me extrañó, años después, tener esta experiencia: viajaba en un taxi cuyo conductor movía el dial de la radio y pasó de largo por una emisora que trasmitía Chopin. Le pregunté porque no lo dejaba allí.
-Esa es música para muertos-contestó.
El hombre tendría mi edad (por entonces, unos treinta y cinco años). Me contó que era padre de dos hijos. Sospeché que, excepto algún acto de rebeldía, ellos heredarían su creencia.
Volví a comprobar que ni el compositor ni la música eran culpables de la misma.
En 1973, yo trabajaba en Radio Nacional. Cierta vez en la discoteca, me encontré con un joven colaborador que tenía un programa de rock. Sabiendo que yo me dedicaba a aquél tipo de música, me preguntó desafiante:
-A ver, vos que te dedicás a la música “culta”, lo que yo paso ¿ es “música inculta”? Podría haber sido el hijo de aquel tachero. O uno de los tantos jóvenes que fueron educados con la idea de que la música clásica está destinada a lo que muchos llamaríamos hoy “gente careta”. Personas frívolas y snobs que usan la música para detentar una especie de pertenencia elitista, tan conveniente como el champagne o las ropas caras de la Avenida Alvear. En realidad, volví a sentir miedo (ya tenía treinta años). El indignado rockero podría haber tenido una tía o una amiga de la mamá que durante décadas fue a la Wagneriana a escuchar recitales de la “canción de cámara culta (sic)” seguidos de suculentas ingestas de masas Chantilly.
Las mentiras convencionales de la civilización
Éste fue el nombre de un libro de Max Nordau. Su título viene a la mente a partir de las reflexiones formuladas, pues de estas realidades no se habla. Se engaña. De un lado, buena franja de consumidores de música clásica delimitan territorio con majestuosas invocaciones a “las más altas y jerarquizadas manifestaciones del espíritu humano”, provocando la natural rebeldía juvenil que consiste en burlarse (con toda razón) de frases rimbombantes y vacías. De este modo, se entabla una relación que se define como reactiva frente a la apelación que se sospecha hipócrita, pues esto puede decirse de buena parte de los usuarios y, lo que es peor aún, de tantos naftalinosos críticos musicales.
Pero uno no debería abandonar las esperanzas. Buscar caminos más lógicos. Uno de ellos sería partir de una premisa: “para comenzar a gustar de la música clásica, hay que empezar por perderle el respeto”. Caída del pedestal de “las más altas expresiones de la cultura” etc.etc., recontra-etc., esa música puede ser abordada con un grado sensiblemente menor de prejuicios.