Cincuenta
años atrás, la mayor parte de la gente daba por sentado
que la música occidental se dividía en dos categorías:
clásica y popular. Se pensaba que la primera comprendía
en especial a un grupo de obras maestras creadas exclusivamente en el
continente europeo durante siglos y sancionadas, sin discusión,
como integrantes del tesoro artístico de la Humanidad. Una especie
de museo sonoro con rutilantes apellidos de genios como Bach, Mozart y
Beethoven. Esa música era mirada con respeto pero también
con temor. Pocos se animaban a confesar que les resultaba aburrida, complicada
y elitista. La modesta música popular, se pensaba también,
no tenía otra finalidad que la de entretener y su propósito
se restringía a la ambientación y a la danza.
Apenas
una década después, esta construcción polarizada
comenzó a tambalear: apareció un cierto tipo de jazz considerado
como arte popular por el imaginario colectivo pero que sin embargo tenía
una calidad artesanal que se distanciaba del entretenimiento y del baile:
reclamaba ser escuchada. Dejaba de ser un mero entretenimiento sonoro
y se convertía en “música artística”.
Por otra parte, las líricas urbanas como el tango o el bolero,
debieron admitir un nuevo género: la canción de protesta,
en la que los textos olvidaban la habitual temática de las grandes
pasiones y se daba paso a melodías de intención revolucionaria.
Y finalmente el rock, que similarmente nació como música
de entretenimiento, para después diseminarse en infinitas variables
que hoy parecen sintetizar de manera ideal a la aldea globalizada. Cuando,
en fin, Los Beatles incorporaron, también en esa prodigiosa década
de los sesenta, recursos e inclusive, aspectos más generales de
la filosofía india, se terminó de desplomar la sólida
división entre música clásica y popular. Se descubrió
entonces que aquel slogan para almas ingenuas (la música es un
lenguaje universal) mostraba sus trampas.
En
las décadas siguientes, la aparente confusión se hizo aún
más patente. Lo que Pavarotti cantaba en un recital en un estadio
¿ seguía siendo música clásica? Y a su vez,
¿ un concierto de Astor Piazzolla podía seguir integrando
el llamado “arte popular”?. ¿Qué parte del pueblo
asistía a éstos conciertos?
Además,
durante el siglo XX, la expresión música clásica
comenzó a chocar contra otro término no menos confuso: la
música “moderna” (o, más confusamente aún,
la música “contemporánea”). Cierto es que en
Europa, y ahora con la incorporación americana, siguieron produciéndose
obras que continuaban o eventualmente cuestionaban la tradición
académica. Compositores como Debussy, Stravinsky, Schönberg,
Varese o Ligeti pueden mencionarse dentro de esta corriente. En todos
sus productos aparecía una posición común: el manifiesto
rechazo hacia el Romanticismo del siglo anterior.
El
lenguaje de la música académica comenzó a incursionar
en territorios desconocidos a velocidad creciente: a la deliberada vaguedad
del impresionismo, le siguieron la violencia de Stravinsky y la definitiva
caída de la tonalidad con Schönberg. Después, el ruidismo
llevó a la música electrónica y finalmente, con el
norteamericano John Cage, se hace añicos la noción de obra
de arte y el concepto de trayectoria orientada. El oyente reaccionaba
intuyendo apenas un sentimiento básico de angustia, que en parte
se debía a una tendencia a explorar vivencias sonoras extremas
en la misma música, pero también denunciaba el propio desconcierto
del usuario. Finalmente, apareció una verdad cierta: la culpa no
la tenía el oyente. En muchas obras de las vanguardias tardías
(Boulez, Stockhausen) la percepción humana ponía sus límites
a la audición misma.
Como
consecuencia, la mayoría del público se fue alejando de
músicas crecientemente herméticas y de expresividad fría,
una actitud que los mismos compositores defendían con orgullo.
Y así, el concepto de revolución en música quedaba
estrechamente ligado a la idea de elitismo. De esta manera, el museo imaginario
de Obras Maestras de la Música quedó confinado, para el
usuario habitual de obras clásicas, a un breve lapso transcurrido
entre mediados del barroco (por ejemplo, Vivaldi) hasta algunos autores
conservadores del siglo XX (por ejemplo, Shostakovich). Unos 250 años
de música que todavía siguen prevaleciendo abusivamente
en los programas de ópera y conciertos sinfónicos en nuestro
país (y en otros ámbitos culturales más importantes
también). El resto del repertorio, la Edad Media, el Renacimiento,
el primer Barroco y las obras avanzadas del siglo XX fue expulsado hacia
la periferia.
Pero
ese repertorio - por el rechazo que le dispensaban los “mayores”-
fue objeto de creciente atención por parte de los jóvenes.
Y todavía hoy, esos repertorios “marginales” resultan
no sólo destinados sino interpretados mayoritariamente por jóvenes.
Con la diferencia de que estos conciertos no están acompañados
de la ceremonia social que sacraliza el fenómeno de escuchar música:
nada de “caretaje” implícito en las pilchas, el champagne
y las butacas de terciopelo de los grandes teatros. Camisas abiertas,
jeans, gente sentada en el suelo y silbidos de felicitación suelen
acompañar hoy estos conciertos que sin embargo no pueden compararse
núméricamente con los asistentes a un recital de Los Redonditos
en Obras.
Para
muchos tradicionalistas, estas “impurezas” fueron evidente
señal del fin del mundo. Si Piazzolla imitaba al húngaro
Bartok, ¿donde estaba la argentinidad de sus tangos?. Si el rock
se fusionaba con la música contemporánea (Frank Zappa y
Pierre Boulez) ¿no se trataba ya de una conspiración? Si,
en fin, Oriente y Occidente parecían encontrar puntos en común
(Ravi Shankar tocando en los auditorios habitualmente dedicados al “Gran
Arte”) ¿ qué quedaba del sagrado arte occidental?
.Y después, el apocalipsis: tango y folklore en el Colón...y
encima rock.
Para
otro tipo de personas, éste fenómeno fue recibido como un
bienvenido caos que se preguntaba acerca de la función de la música
en las sociedades actuales. La consecuencia fue que buena parte de los
jóvenes, que tenían sus razones para alejarse de la música
clásica, comenzaron a perder lentamente el respeto reverencial,
o su contracara: la burla despiadada (“música para abuelitos”)
de las Grandes Obras Maestras de la Historia de la Música Occidental.
Y ello sirvió de posible apertura de las pesadas puertas del Museo
imaginario de esas grandes obras a un nuevo público.
Sin
embargo, este proceso, como se dijo, avanza muy lentamente, ¿qué
podemos hacer para acelerarlo? ¿Cómo hacer para sumar nuevos
oyentes a esta experiencia? ¿Diciendo solamente que vale la pena?
Aquí van algunas sugerencias:
En
principio, evitar cualquier apelación a la genialidad, sublimidad
o belleza de las obras clásicas.
Priorizar el gusto de cada oyente y ayudar, a través de su exploración
en esa región, a gozar de los indudables e infinitos placeres de
la música.
Aclarar de una vez y para siempre que la música clásica
no es necesariamente mejor que otras músicas. Simplemente, que
suele ser más compleja. Y no se sigue de ello que sea mejor, salvo
en un sentido puramente artesanal que interesa sólo a los especialistas.
También que suele ser más extensa y que reclama ser escuchada,
o sea pide un tiempo amplio (sinfonías de una hora y media, óperas
de hasta cinco horas).
Es
probable que no se encuentre placer inmediato con esas músicas,
¿se debería entonces pedirle un esfuerzo al oyente? ¿No
sería mejor empezar por hacerlo reflexionar acerca de cómo
el peso de la cultura ha condicionado sus posturas antes de la audición?
Por ejemplo, habría que hacer notar que se confunde el usuario
y su marco (el Colón, sus felpas, el silencio sepulcral ante la
audición, la condena de aplaudir entre movimientos) con el producto
mismo. La música clásica no es responsable del empleo que
se ha hecho de ella como una manera más de demarcar territorios,
no sólo horizontal sino, peor aún, verticalmente. Ese marco
en general convierte a las audiciones en tristes visitas guiadas a un
parque artificial, donde lo que acontece no tiene que ver con el presente
sino con vestigios de un pasado ya irrecuperable. No tendría nada
de malo si no fuera porque, después, ese marco es proclamado como
el marco natural para este tipo de música.
Para
abreviar, creo que conviene recordar la confusión reinante entre
estos términos: Gusto, Fama y Valor.
El
Gusto es subjetivo y remite a la historia más personal de cada
uno de nosotros. Aunque resulte obvio, habrá que volver a decirlo:
tengo todo el derecho del mundo a sostener mis gustos frente a un discurso
social que intenta imponerme supuestas verdades culturales.
La
Fama es una cuestión puramente estadística pero suele influír
de maneras más o menos sutiles en el gusto gracias al marketing
respectivo. No obstante, habrá que aceptar también que la
mayoría de las veces la fama coincide con un producto relativamente
simple. Un ejemplo notorio lo constituyen los célebres y masivos
recitales de “Los tres tenores”(Pavarotti, Domingo, Carreras).
El Valor debería
funcionar independientemente y ser decretado por los especialistas (así
lo fue en un comienzo). Pero lo que los especialistas alaben será
sólo algo del orden de la construcción misma de la música.
Algo que le interesa sólo a los otros especialistas y a aquéllos
curiosos que se interesan por la verdadera intimidad de la música.
Lo que la mayoría del público pide, raras veces tiene que
ver con la cualidad artesanal de una música. Más bien responde
a estímulos subjetivos y/o sociales como por caso lo son los grupos
de pertenencia. Un ejemplo: la identificación de los fans de los
Redonditos de Ricota con el conjunto y con su líder, el Indio Solari,
circula más por un acuerdo ideológico con el carismático
líder, después por los herméticos textos (jerga interna
para iniciados) y sólo al final, por la propia música, despojada
de estos elementos .
Abrir los oídos
y tratar de olvidar prejuicios propios y ajenos debería ser el
ideal. Y educar. No desde el dedo amenazante del ARTE MAYOR si no desde
la sencillez indestructible del propio gusto.
JULIO PALACIO